Es sábado por la tarde y estoy empujando a mi hija en el columpio de la plaza. A un lado, otro papá hace lo mismo, pero con una sola mano; la otra la ocupa en su celular. Su hija le reclama “¡más rápido!”, pero él no parece escuchar. Caminamos hacia el resbalín y veo niños de apenas dos o tres años jugando aparentemente solos. ¿Dónde están sus padres? En una banca a la distancia, absortos en la pantalla de sus teléfonos.
Esto no ha ocurrido una, dos, ni tres veces. Ocurre virtualmente siempre, cada vez que llevo a mi hija a un parque. Y no vivimos en cualquier parte; estamos en Cambridge, una ciudad en que un gran porcentaje de la población tiene educación de postgrado; profesionales, científicos, intelectuales, etc., gente sumamente inteligente según estándares tradicionales. Por lo tanto, pienso que esto no tiene que ver con nivel socioeconómico ni educacional. De hecho, la evidencia científica al respecto es mixta. La enfermedad del celular afecta a gran parte de la población, sin discriminar demasiado.
A veces me pregunto, ¿qué estarán viendo que parece tan importante? ¿me estaré perdiendo de algo? Pero más de la mitad de las veces, están mirando Tik Tok, Instagram, memes, o alguna distracción sin importancia. Otras veces, cuando en medio de una conversación un amigo mira su celular, justifica su inatención diciéndome: “estaba leyendo las noticias”. Ah, eso suena distinto… ¿o no? En apariencia sí, pero en la práctica el efecto es el mismo: transmites la señal de que lo que ocurre en la pantalla es más interesante que lo que la persona frente a ti tiene para decirte.
Cambiar repetidamente de contexto mirando el celular disminuye además tu concentración, productividad, y desarrollas la necesidad permanente de estar entretenido o distraído con videos, reels, fotos, noticias, etc. El mundo real empieza a parecer cada vez más lento, aburrido, en una escala de grises. Y no solo eso, la evidencia muestra el uso excesivo de smartphones, en especial de redes sociales, se asocia a una constelación de emociones negativas.
Yo siempre me concebí como un usuario moderado; estaba seguro de que tenía control sobre mi tiempo en la pantalla. Pero hace 3 años, sentía que algo estaba mal, era incapaz de concentrarme en algo por períodos prolongados de tiempo y sentía que tenía poco tiempo libre. Finalmente decidí hacer algo al respecto. Eliminé instagram de mi teléfono, y puse un mensaje en mi Whatsapp que lee “respondo en 4-5 días, si es importante llámame”. Esto no fue un impulso temporal, sino un movimiento calculado y reflexionado: Inspirado por el libro digital minimalism del autor Cal Newport, acepté el desafío de pasar 30 días evitando las tecnologías digitales opcionales: Netflix, instagram, etc, e intencionalmente rellenando el tiempo que estas actividades liberaron con pasatiempos que realmente me gustan, como tocar piano, o hacer deporte.

¿El resultado? Más calma, más presencia, y como por arte de magia, me encontré en las tardes con dos horas extras, desocupado. Aprendí nuevas canciones en el piano, e incluso hice figuras con cerámica en frío. Lo primero que hice, una casita como un stand para dejar el celular cuando estoy en la casa (mira las fotos). Es clave no tenerlo como compañero constante y dejarlo en un lugar fijo cuando estás en la casa. Y contrario a mi mayor temor, esto NO tuvo un impacto negativo en mis relaciones interpersonales. Comencé a ser mucho más intencional al comunicarme con amigos y familias, prestando más atención y sosteniendo conversaciones más largas y profundas.
La verdad es que lo que nos acerca a nuestros seres queridos no es la comunicación frenética descontextualizada de las apps de mensajería o similares. Son conversaciones reales (o al menos por una llamada teléfonica) y experiencias juntos. En Salud con Sentido, tenemos la convicción de que “la enfermedad del celular” es un problema tan grande, que hacer cambios duraderos en tu estilo de vida, o incluso lograr una carrera laboral satisfactoria y una vida plena, requieren de mejorar tu relación con las tecnologías opcionales. Para la mayoría de las personas, esto significa hacer cambios grandes, no pequeños ajustes. No es fácil –hay corporaciones invirtiendo millones de dólares para que pases el mayor tiempo posible mirando tu celular– pero vale 100% la pena hacerlo. Pronto lanzaremos un curso –Más allá de los hábitos– que entrará en más detalles.
Si sientes que no tienes tiempo, o hace tiempo quieres aprender un idioma, tocar un instrumento musical, cocinar, hacer más ejercicio, meditar, pasar más tiempo con tu familia, o lo que sea, revisa tu relación con la tecnología y en especial tu celular. Probablemente allí está todo el tiempo que necesitas.
